El gendarme que sabía demasiado – La memoria es el camino

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Posted: 12 Jul 2012 01:13 PM PDT

-”¿Cómo va esa cabeza?”

-“No muy bien”

Raymond, a sus 90 años, sabía perfectamente que era lo que le iba a decir su médico de cabecera esa mañana en su Orleans natal. Iba con su hija Annie, la única de los seis hijos que tuvo con Valeriè, que ya llevaba tiempo percibiendo que al exgendarme francés le empezaban a fallar todos los resortes mentales. “Pero aquel día me ayudo él a mí, ello sabía todo, entonces me di cuenta”. Annie relata como su padre se había dedicado durante años a recortar artículos sobre el Alzheimer de los periódicos, cuando él comenzó a notar los primeros síntomas. Los recortaba, los leía y los guardaba metódicamente. Nadie sabía de qué se trataba, salvó él. No suele ser lo habitual, pero Raymond fue percibiendo lentamente toda la evolución de la enfermedad mientras que en la familia, algo habitual, había discrepancia de pareceres sobre la actitud del cabeza de familia, un hombre que llegó a París antes de la II Guerra Mundial al calor de la atracción que ejercía la ciudad de las luces entre los jóvenes franceses. Antes, se había curtido como agricultor y carnicero en la campiña de Orleans, a donde regresó alcanzada la jubilación. Allí se hizo gendarme y durante toda su vida era sagrado pedir un calendario especial por Navidad para marcar todos los cumpleaños de hijos y nietos a los que nunca fallaba en llamar. Hasta los 85 años, en donde comenzó a fallar. A Annie le parecía raro. Sólo él sabía el porqué. Hombre afable de por vida, comenzó con episodios de violencia ante el aturdimiento de su mujer. Los platos, su labor de por vida, empezaban a no ser fregados al acabar las comidas. “Eso sacaba de sus casillas a mi madre, que no lo entendía porque siempre los había fregado”, relata Annie. “Después nos hemos dado cuenta que él se iba dando cuenta de todo”, añade. Ya con la enfermedad diagnosticada, y a sus más de 90 años, Raymond siguió peleando día tras día para tratar de frenar al infrenable, como cuando se entrenaba para intentar superar el diabólico test del reloj que le ponía su médico de cabecera, el de tratar de poner las horas a la esfera. “Pero ya no podía”, sentencia Annie, quien ala semana de la muerte de su padre, en 2007, pasó a engrosar las filas de los voluntarios de France Alzheimer en Gap, la capital de los Altos Alpes en donde tratan de aliviar la vida desmemoriada de 1.500 de sus habitantes.

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