Memorias del olvido, por Pedro Simón

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Querido tío Agus,
Hoy recuerdo lo que me dijeron del gran Chillida, eso de que al final era un ovillo que confundía a su enfermera con Dulcinea y se ponía a recitar de improviso a San Juan de la Cruz. Hoy recuerdo cuando Maragall recibió una bolsa de hielos de las manos de Diana, para que la metiera en el congelador. Y aquella bolsa fue un jeroglífico que se le hacía agua. Hasta que el bueno de Pasqual la depositó en el lavavajillas, ya ves, creyendo
ayudar. Hoy recuerdo lo que me dijo Albert Solé sobre su padre, Jordi Solé Tura: «Cuando él empezó a olvidar, todos nos pusimos a recordar». Y cómo dolían esos días finales cuando el viejo le llamaba «chaval» porque no recordaba su nombre. Hoy recuerdo a los amigos eternos de Mercero,
que le hacían corro en el bar de abajo y lo sacaban a descifrar el universo por las constelaciones del cine y del fútbol. Una mañana tras otra. Hasta que un buen día, después de hablar, el cineasta confesó: «No sé quiénes sois, pero sé que os quiero». Hoy recuerdo, tío Agus. Al menos hoy recuerdo. La enfermedad es una escalera de caracol que sólo va para abajo, tú ya te haces cargo, un mal alimentado de unos olvidos que van a más y de unas piernas que van a menos, una hipoteca en la que están entrampados 800.000 españoles a los que el supremo prestamista les da 12 años de vida de media. Todo esto lo supe el día en que el Alzheimer –garciamarqueciano–me llevó a conocer el hielo…
La escena me la contó Paco Roca, tío, y a mí me la recordaste aquella única mañana en que te fui a ver. La escena de una mujer eternamente asomada a una cristalera de una residencia como la tuya, tío, también por su mala cabeza… Una mujer que sonreía feliz pensando que estaba mirando por la ventana de un tren, y que sólo accedía a almorzar cuando la convencían de que iba a hacerlo en el vagón comedor.
Han sido meses de recorrer estaciones donde todo dios descarrilaba y los andenes pasaban de largo, pfiiuuum. Así sé hoy que a Mary Carrillo le aplicaban un desfibrilador de abrazos; que Suárez se arrancaba con sus trabalenguas de niño; que en medio del líquido amniótico en que flotaba, a Solé Tura quería sonarle La Internacional; que Luis Francisco Esplá está ahora en medio de este albero y que la tía de mi amigo Carlos Boyero –de la mano de su madre– ha dado 20 vueltas al mundo sin salirde Navalmoral de Béjar.
«Somos nuestra memoria», escribió Borges, «somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».
Un día sucede que el mundo cruje en pedazos bajo las suelas de nuestros zapatos, sí.
Ojalá que estemos a la altura a la hora de barrer los cristales. Ojalá que no nos cortemos jamás con esos filos. Ojalá que siempre entendamos aquello que dijo un enfermo mientras se encogía de hombros.
–Olvido, pero todavía siento.

Pedro Simón es periodista de EL MUNDO y acaba de publicar
Memorias del Alzheimer (La Esfera de los Libros).

Fuente: El Mundo.

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