#lamemoriaeselcamino – Las catacumbas del olvido

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“He vivido el fin de un siglo…
He tenido que ver morir a mis amigos y seres queridos…
A veces el pasado, vuelve a ti cuando menos lo deseas…”

Loren – Por entonces.

El pasado domingo fue un día duro, como la mayoría de ellos acudía al Centro de Alzheimer a estar con mi madre, un domingo más de muchos. Ya son diez años acompañados de “el alemán”, varios años en Centro de Día y un año y medio de residencia completa.  Aunque piensas que estás acostumbrado, nadie puede adaptarse a vivir con esto, siempre hay algún día de vez en cuando que  te llevas el golpe bajo y doblas el estómago.

Recogí a mi madre de su módulo correspondiente y marchamos pasillo adelante, ella sentada y yo empujando su silla de ruedas. Tengo la manía o costumbre de irme al pasillo contrario, el de los leves, quizás inconscientemente piense que si estamos allí se le pegará algo del “espabilamiento” que aún conservan estos “héroes” (como los llama mi querida Rosangela). Acomodados en una mesa, nos dispusimos a leer el libro basado en Gran Hotel “El secreto de Ángela”. Yo leía para mí con ella a mi lado, pero leemos juntos, estamos conectados.
La protagonista, Ángela, es una muchacha humilde de 13 años de un pueblo, que trabaja en casa de una adinerada francesa. Ésta muere y Ángela debe marcharse al Gran Hotel en busca de trabajo para poder ayudar a su familia; su madre, su padre y su hermana.

Creo que a los dos nos vino a la mente lo mismo, porque ella empezó a llorar y gimotear. Se vio identificada. A mí se me agolpó su imagen en mi mente de repente.

Mi madre con 15 años tuvo que dejar la escuela, su pueblo (Aldeanueva de la Vera, Cáceres) y marchar a Madrid para trabajar en la casa de Franca. Franca (en realidad Francesca) era una italiana acomodaba en Arturo Soria a la cuál llegué a conocer muchos años después, siendo nosotros (mi hermana y yo) ya unos chavales. Mi madre “parla italiano” pero no pudo aprender todo lo que aprendieron otros de su generación, ella tenía que trabajar para poder ayudar a sus padres a dar de comer a sus 6 hermanos (ella era la mayor de 7 hijos) y siempre me decía “ya me habría gustado a mí haber seguido en la escuela”. Nunca tuvo mucha cultura, pero no le falto educación.

Educación en la vida, en la adversidad. Ahora me doy cuenta que es de ella de quién he adquirido mi independencia  y es que desde bien jovencitos nos obligaba a hacernos la cama, aprender a cocinar, a ayudar en casa, a ser autosuficiente e independientes. Por eso con 17 años estaba viviendo en Barcelona y con 20 independizado en Madrid, trabajando y estudiando. Quizás por eso cuando he sufrido y he tenido reveses, he respondido y me he levantado. De ella he aprendido a salir adelante, hacer frente a la adversidad y no rendirse. De ella no he aprendido mi gusto por el cine, ni mi afición por el arte pictórico, ni el placer de la lectura pero he aprendido algo muy importante: saber desenvolverse en la vida.

Cerramos el libro, los recuerdos, las imágenes en nuestras cabezas nos cayeron como un jarro de agua fría, así que nos pusimos a dar vueltas. Parece que por momento se calmaba, se le pasaba, pero enseguida volvía a llorar sin motivo…o quizás sí, pero no sabemos interpretarlo.

¿Cómo se calma a una persona con alzhéimer avanzado? No hay manera, te sientes impotente porque no puedes hacer nada y vas notando que los pies se van hundiendo hacia abajo, sientes las catacumbas del olvido muy cerca.

Así durante dos horas, la dejas en su módulo porque se acaba el tiempo de visita y te marchas del centro dando un paso tras otro pero con el alma hundida. Debería de estar ya acostumbrado, lo sé, pero no consigo evitar que cuando se dan uno de estos días, me destroce. No fue buena idea leer el libro juntos, a pesar de que el libro no tiene la culpa, ¡la historia es buena, es real! ¡Qué nos los digan a nosotros sino! , ¿Verdad mamá?

En ese momento pienso y comparto en Facebook: “A todo aquel que no ha firmado, le pediría que visitase un Centro de Alzheimer. Si sale entero, si no le afecta lo que ve, que no firme.

“Ponte en mi lugar y entenderás por qué es tan importante”

http://www.avaaz.org/es/petition/Una_politica_de_estado_para_el_Alzheimer/”

Llego a casa y los recuerdos se agolpan de nuevo: “Muere Miliki a los 83 años”.

De repente vuelven los recuerdos de mi madre a mi mente. Siendo yo un niño mi madre se tiraba las tardes llamando continuamente a “La merienda” (programa de Antena 3 presentado por Miliki y Rita Irasema) para que yo pudiese participar en el concurso por teléfono. Una tarde su perseverancia una vez más dio su fruto y Rita me pregunto una adivinanza. “La escalela” respondí yo.  -¡La escalera, muy bien Alejandro! (Dijo Miliki). Gané una bicicleta, una camiseta, unos “micromachines” y un montón de cosas más. A mí lo que me hacía ilusión fue decirle a Miliki “Te quiero mucho”.  – “Yo también te quiero mucho Alejandro” (me respondió).

Este recuerdo está grabado en VHS en casa de mi padre gracias a que lo grabó mi abuela, la cuál falleció de un derrame cerebral cuando yo tenía 7 años y que después de 20 años tengo siempre en mi recuerdo.

El cerebro, siempre el cerebro. De una forma o de otra me ha quitado dos personas muy importantes y las dos muy pronto. A los 7, a los 17 (diagnóstico), a día de hoy tengo 27.

Es irónico que mi número favorito desde pequeño siempre haya sido el 7.

Fue un día duro, pero uno más, forma parte del “juego”.

¿Por qué lo cuento? Porque me libera y pienso que puede ayudar a la gente, tanto a los que se sientan como yo como a la gente que no se ve afectada por esta enfermedad puedan llegar a entender que este coste moral y psíquico no lo amortiza un Plan de Estado sobre alzhéimer pero que es un consuelo y como sociedad se lo debemos no a nosotros, sino a ellos.

Yo, a pesar de todo, soy un privilegiado.

“Privilegiado por varios motivos, por una padres fantásticos, por grandes listas de amigos, por haber conocido el amor a temprana edad y por toda una familia que siempre supo luchar…”

Privilegiado – Jefe de la M.

Alejandro G. Paniagua

Mariposas del alma

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