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La actividad eléctrica de las #neuronas, reunida en un catálogo

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1362739082997Una investigación liderada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha logrado reconocer la actividad eléctrica de cada grupo de neuronas del hipocampo -una estructura principal del cerebro situada en la parte interna del lóbulo temporal- y generar un catálogo que permite diferenciarlas en función del proceso cerebral que se esté llevando a cabo.

Y  es que cada estímulo exterior o pensamiento genera una actividad cerebral concreta que se expresa a través de la activación de determinados grupos de neuronas. En función del estímulo, estos grupos de células ejecutarán un patrón distinto de activación.

Hasta ahora, el registro de la actividad cerebral se llevaba a cabo mediante electroencefalogramas. El investigador del CSIC en el Instituto Cajal, Óscar Herreras, ha liderado la investigación y explica que “esta técnica es escasamente útil ya que, aunque recoge impulsos eléctricos neuronales, es incapaz de informar de qué grupos de neuronas entran en acción en cada circunstancia ni cómo se coordinan”.

El CSIC ha conseguido separar las ‘hebras’ de la madeja neuronal

Herreras compara los datos aportados por los electroencefalogramas con “madejas de hilo compuestas por hebras de distintos colores”. “Nuestro trabajo ha logrado separar cada una de esas hebras”, añade.

Identificación de los grupos neuronales

El equipo de Herreras, que previamente desarrolló la técnica de análisis y que publica el nuevo avance en la revista Cerebral Cortex, ha logrado identificar los distintos grupos neuronales que se activan en el hipocampo de las ratas de laboratorio (Ratus norvergicus).

Para ello, se implantaron dispositivos multielectrodo en el cerebro de los animales, lo que generó el registro de hasta 96 regiones de su hipocampo. Mediante el análisis matemático y la aplicación de compuestos químicos cerca de las zonas de registro ha sido posible discriminar la actividad de cada grupo de neuronas en función del estímulo recibido.

Por ello, a partir de ahora, la actividad neuronal podrá ser monitorizada sin necesidad de estímulos, sea cual fuere la tarea que se esté ejecutando.

Se podrán detectar patologías

Para el investigador del CSIC, este etiquetado eléctrico de las distintas poblaciones neuronales puede ser “una herramienta muy útil para el diagnóstico temprano de neuropatologías como la enfermedad de Alzheimer, el Párkinson y la epilepsia”.

Los electroencefalogramas nos dan pistas sobre la presencia de estas dolencias, ya que ofrecen un registro de la actividad cerebral alterado con respecto al de un cerebro sano. Herreras considera que “gracias al catálogo desarrollado por el equipo, a partir de ahora será mucho más fácil discernir qué región del cerebro está actuando de forma anómala”.

Fuente: rtve.es

El banco de cerebros del #INCYL suma catorce #donaciones en menos de dos años

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Foto: Web INCYL

Foto: Web INCYL

Tras una paralización temporal el año pasado, el Banco de Tejidos Neurológicos retomó su actividad y comienza a acumular tejidos neurológicos que ya están solicitando los investigadores

El Banco de Tejidos Neurológicos del Instituto de Neurociencias de Castilla y León (Incyl) de la Universidad de Salamanca acumula ya 14 cerebros donados para la investigación desde que se puso en marcha hace menos de dos años. Esta infraestructura científica comienza a cumplir con su misión, al haber recibido ya las primeras peticiones de investigadores que quieren utilizar este material para estudiar enfermedades neurodegenerativas.

Tras superar los problemas que durante meses cuestionaron su continuidad el pasado año, el banco de cerebros salmantino retomó su actividad con la financiación de la Consejería de Sanidad de la Junta de Castilla y León, que se hace cargo del contrato de una persona como técnico. El respaldo administrativo del Incyl, además de sus instalaciones y equipamiento, unido a esta persona especializada basta para mantener una infraestructura que, aunque sencilla, puede ser fundamental para avanzar en la investigación en Neurociencias, puesto que da la posibilidad de analizar el órgano clave en enfermedades como el alzhéimer o el párkinson.

Según han explicado a DiCYT Javier Herrero, director del banco, cuando llega un nuevo cerebro, se divide en dos partes. El hemisferio derecho se congela y el hemisferio izquierdo se conserva en formol. Uno de los primeros trabajos es diseccionar esta segunda parte para realizar un diagnóstico post mortem que despeje las dudas sobre la enfermedad que realmente padecía el sujeto, ya que en muchos casos de demencia es imposible determinar en vida exactamente qué tipo de patología tenía el paciente.

Tras realizar una disección muy fina, la presencia de ciertas moléculas puede revelar con exactitud la enfermedad del donante. A la hora de realizar este trabajo, los técnicos pueden ir grabando su propia voz para explicar los pasos que van dando. El objetivo es registrar toda la información posible. Por eso, todos los datos están vinculados a los tejidos almacenados y cada muestra de las que se almacenan en dos congeladores de -80 grados centígrados va asociada a un código de barras.

De los 13 primeros cerebros que conserva el banco (a falta del diagnóstico del último hasta ahora, que fue donado el pasado viernes) seis pertenecían a enfermos de alzhéimer, cinco a individuos con otras demencias, uno a una persona con síndrome de Down y otro a un enfermo de párkinson. Precisamente, este último caso ha protagonizado las primeras peticiones de científicos al banco salmantino por parte de investigadores de la Universidad de Valencia que estudian esta enfermedad y de otros de Madrid que finalmente derivaron una muestra a Suecia.

La donación

El proceso de donación tiene tres partes. En primer lugar, se solicita información al banco de cerebros. Más tarde, se rellena la solitud para ser donante, lo que ya convierte a la persona en donante potencial. En algunos casos, en este segundo paso las solicitudes las realizan familiares autorizados si se trata de personas que sufren alguna enfermedad neurológica grave que les impide ser conscientes de la decisión. Finalmente, en el momento del fallecimiento, se lleva a cabo esa donación, salvo en casos en los que, a pesar de existir el registro como donante potencial, se produzca algún tipo de desacuerdo por parte de los familiares.

Tras la muerte del paciente, se lleva a cabo una autopsia y la extracción del cerebro, que se realiza en algún centro hospitalario de Castilla y León o algunas comunidades autónomas limítrofes para las que este banco es referencia, ya que aún son pocos los que existen en España. Finalmente, el cerebro del donante es trasladado al Incyl.

Un aspecto importante del que aún carece este banco es la donación de cerebros sanos. El responsable del Banco de Tejidos Neurológicos del Incyl recuerda que “son necesarios como control”, es decir, para comparar los órganos que tienen alguna patología con los que no la tienen y así ver las diferencias. En cualquier caso, entre los potenciales donantes registrados hay 11 personas que no sufren ninguna enfermedad neurológica.

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Las cifras

En su primer año de funcionamiento, 2011, el banco de cerebros sumó siete donaciones efectivas, mientras que 28 personas se convirtieron en donantes potenciales y se produjeron 54 solicitudes de información. En 2012, a pesar de los meses de inactividad, se registraron seis donaciones, acumulando 13 donantes potenciales y 19 solicitudes de información. Finalmente, el pasado viernes se produjo la primera donación de 2013, lo que suma hasta el momento un total de 14 cerebros a disposición de la Ciencia.

La mitad de estas donaciones se han producido en Salamanca, mientras que 4 proceden de Valladolid, dos de León y una de Burgos. Entre los ciudadanos que han solicitado información, hay también personas de Zamora y Palencia, dentro de la comunidad, y curiosamente también de Madrid y Barcelona a pesar de que estas ciudades tienen sus propios bancos de tejidos neurológicos.

Contacto y conferencia

El teléfono 24 horas, cuyo número es 669605723, es la principal vía por la que se comunican los ciudadanos con el banco, aunque también lo hacen a través del correo electrónico (btn-incyl@usal.es) y de forma más directa, en las charlas divulgativas que se organizan para dar a conocer la existencia del Banco de Tejidos Neurológicos del Incyl.

Una de estas conferencias tendrá lugar el próximo 5 de febrero en el Incyl a cargo de Alberto Rábano, director del Banco de Tejidos Neurológicos de la Fundación Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas (CIEN), perteneciente al Instituto de Salud Carlos III. Será a las 16:30 horas, aunque previamente, por la mañana, habrá un seminario de investigación del mismo especialista dirigido al personal investigador.

Fuente: DICYT (Agencia de Noticias para la divulgación de la Ciencia y Tecnología del Instituto ECYT de la Universidad de Salamanca)

La #música es la unión de #emoción y #cognición para el #cerebro

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Foto: Blog Fundación CIEN

Foto: Blog Fundación CIEN

Pilar Lago, profesora de Ciencias de la Educación de la Universidad a Distancia, Uned realizó este programa de radio sobre música y cerebro: neurociencia, junto a Alberto Rábano, director del Banco de Cerebros BT-CIEN y Carmen Antúnez, Directora de la Unidad de Demencia del Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca y del Banco de tejidos de Murcia.

Alberto Rábano nos cuenta que hoy sabemos gracias a la neurociencia que la música está muy dentro de nuestro cerebro y nuestro cuerpo, es algo que el cuerpo nos pide, porque lo necesita.

Carmen Antúnez confirma que la música es una capacidad natural que viene en nuestro código genético. Es nuestra manera de expresar que somos parte del ritmo de la naturaleza. La música produce unas emociones tan fuertes que es hace su estudio muy interesante para la neurociencia.

Alberto Rábano añade que ya se conoce bastante sobre el lenguaje y el cerebro, pero la música va todavía más allá, porque es más primitiva y está en el nacimiento del lenguaje. Los nuevos recursos están revolucionando los estudios y abriéndonos las puertas del cerebro tanto a nivel técnico con electroencefalografía, magnetoencefalografía, la resonancia magnética… y los planteamientos experimentales.

El cerebro atiende a músicas agradables y desagradables, las agradables que desencadenan reacciones químicas entre las que hay una descarga de dopamina, una sustancia que inunda el lóbulo frontal y produce placer. En la música hay dimensiones culturales, emocionales y cognitivas, la música nos hace identificarnos, recordar y hacernos preguntas.

Los griegos atribuían a la música un alto valor educativo, los niños que estudian música tienen refuerzos en todas las áreas cognitivas del cerebro, en el tronco, los lóbulos temporales y los frontales. La unión de emoción y cognición para el cerebro es la música.

Puedes escucharlo aquí http://www.ivoox.com/musica-cerebro-neurociencia_md_1746421_1.mp3″

Fuente: Blog Fundación CIEN

Reserva cognitiva y patología cerebral

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Foto: Blog psy'n'thesis

Foto: Blog psy’n’thesis

Personas diferentes pueden presentar manifestaciones clínicas distintas tras sufrir un mismo tipo de daño o patología cerebral. Las consecuencias en el nivel de funcionamiento cognitivo que experimentan  los pacientes que sufren algún tipo de demencia, Alzheimer, daño cerebral traumático, o incluso problemas cognitivos derivados de algún trastorno mental, pueden ser muy distintas aun en casos muy similares, e incluso su capacidad de recuperación tras este evento es en muchos casos desigual. ¿A qué se debe este hecho? En uno de los artículos más leídos de la revista Neuropsychologia, Yaakov Stern (2009) analiza en profundidad el concepto de “reserva cognitiva”, que podría dar cuenta de estas diferencias; y proporciona además evidencias que apuntan a que el cerebro emplea procesos cognitivos pre-existentes para afrontar el daño que ha sufrido.

Según Stern (2009) la investigación neurosicológica ha postulado dos tipos de “reserva” para explicar el diferente funcionamiento y recuperación de pacientes con alguna patología o daño cerebral. Una sería la “reserva cerebral” o “reserva pasiva”, que tendría un carácter fundamentalmente cuantitativo. Es decir, que aquellos con un cerebro más grande, con más neuronas o más sinapsis –algo en lo que también influirían las experiencias vitales- serían más resistentes al daño… simplemente porque comparativamente contarían con una mayor porción de su cerebro aún funcionando adecuadamente tras el problema, patología o lesión cerebral. Este primer modelo sobre el tipo de reserva asume que, pasado un umbral,  el daño cerebral tiene las mismas consecuencias para todos. La diferencia está en que en que anatómicamente dicho umbral es más o menos fácil de ser traspasado según la persona.

El segundo tipo de reserva –a la que Stern (2009) dedica su artículo- es la “reserva cognitiva”. A diferencia del modelo anterior, el concepto de “reserva cognitiva” apunta a que las diferencias entre individuos en lo que respecta a las consecuencias del daño cerebral tienen que ver con diferencias en los procesos o redes neuronales que subyacen en la ejecución de tareas cognitivas o funcionales. Es decir, que el diferente resultado del daño cerebral no se debería -al menos no en exclusiva- a cómo el cerebro “es”, sino a cómo funciona antes del evento. Según señala Stern, no obstante, los dos tipos de reserva -cerebral y cognitiva- no son incompatibles, y de hecho parecen relacionadas. Según el modelo de “reserva cognitiva” el cerebro activamente intentaría afrontar el daño producido empleando procesos cognitivos pre-existentes o poniendo en marcha procesos compensatorios. En este sentido, si tuviéramos dos pacientes con igual “reserva cerebral”, aquel con una mayor “reserva cognitiva” toleraría una mayor lesión cerebral antes de que la disfunción se hiciera aparente. Stern propone un interesante modelo sobre la “reserva cognitiva”, que se recoge en la figura adjunta.

Gráfico: Blog psy'n'thesis

Gráfico: Blog psy’n’thesis

Así las cosas, parece claro que tener una buena “reserva” es algo muy deseable. Pero, ¿cómo se consigue esto? Aún no se han inventado los implantes de “disco duro” –lo que vendría a ser el equivalente a una reserva cerebral-, ni tampoco los “sistemas operativos” para optimizar el funcionamiento cerebral humano –la reserva cognitiva artificial-, por lo que la respuesta es algo tradicional… entrenando nuestras funciones cognitivas. Basándose en datos de investigaciones epidemiológicas, Stern (2009) señala que aspectos como el mayor cociente intelectual, nivel educativo y cultural, el desempeño profesional o incluso el nivel socio-económico estarían relacionados con el menor riesgo de desarrollar alguna demencia y con un declinar más lento de algunas funciones cognitivas durante el envejecimiento. Pero aún más, se ha encontrado que entre aquellas personas que participan en actividades de ocio de tipo intelectual o social el riesgo de desarrollar una demencia llegaba a ser un 38% menor. Es decir, que una vida intelectual y socialmente activa funcionaría como un factor protector frente al deterioro cognitivo.

El modelo de Stern (2009) también sirve para explicar otro hecho –aparentemente paradójico- que parece derivarse de investigaciones previas: en aquellos con una mayor “reserva cognitiva”, muchas veces el declive es mayor y más rápido una vez que la patología cerebral se vuelve manifiesta. En realidad, esto que puede parecer contra-intuitivo, se explica fácilmente si contemplamos la gráfica anterior. Por ejemplo, la memoria de una persona con Alzheimer que tiene una alta reserva cognitiva no dará signos de deterioro hasta que la enfermedad esté más avanzada, ocurriendo el punto de inflexión más tarde, o lo que es igual, cuando existe más patología acumulada. También, sugiere Stern, es posible que llegado cierto punto en el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer, ésta conlleve un desenlace inevitable independientemente del nivel de “reserva cognitiva”. En cualquier caso, en aquellos con mayor reserva, el punto de inflexión se encontraría más cerca del punto en que se produce la pérdida completa de funcionamiento cognitivo.

En suma, el modelo de la “reserva cognitiva” puede ser una aproximación fructífera para explicar las diferencias individuales en el desarrollo y consecuencias de la patología y el daño cerebral. Nos ofrece además una interesante vía para la prevención, o al menos para el retardamiento del declive cognitivo, como es el uso y entrenamiento de las funciones cognitivas. Y nos ayuda a entender mejor la evolución de enfermedades como el Alzheimer una vez que sus síntomas se hacen manifiestos. No obstante, como el propio Stern (2009) señala, aún quedan muchas cuestiones por resolver. Entre ellas, quizá la más inmediata sea la de conocer mejor el sustrato neurobiológico de la “reserva cognitiva” y determinar si se puede hablar de una reserva generalizada o ésta es más bien específica para cada tipo de tarea.

Puedes leer el texto completo del artículo de Stern (2009) aquí.

Referencia del artículo:
Stern, Y. (2009). Cognitive reserve☆ Neuropsychologia, 47 (10), 2015-2028 DOI: 10.1016/j.neuropsychologia.2009.03.004

Fuente: Blog psy’n’thesis

Científicos españoles simulan sangre humana para detectar enfermedades degenerativas

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Un grupo de investigadores del Laboratorio de Bioinstrumentación y Nanomedicina del Centro de Tecnología Biomédica de la Universidad Politécnica de Madrid ha creado un modelo de simulación de sangre humana con el objetivo de avanzar en la detección precoz de enfermedades degenerativas, como el Alzheimer o el Parkinson.

Su denominación, ‘Fantoma de sangre humana’, hace referencia a un modelo semejante a un sistema, órgano o biofluido del cuerpo humano, que reúne algunas o todas sus características y propiedades. Así, el Fantoma de Sangre Humana se asemeja a la sangre humana en la proporción porcentual de glóbulos rojos, blancos y plaquetas, así como en la viscosidad.

Lograr una experimentación más innovadora es el objetivo de este proyecto. Para tal fin, los científicos han sustituído las propiedades viscosas de la sangre sintetizando emulsiones semejantes a la gelatina. Acto seguido, permutaron esa concentración de células por nanopartículas y mediante combinaciones emularon los diferentes tipos de células concentradas en la sangre.

Pero la búsqueda de nuevos métodos para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades como el Alzheimer y el Parkinson implica el uso de micro y nanopartículas. Según los investigadores, este ‘modelo’ de sangre permitirá controlar magnéticamente las nanopartículas en el flujo sanguíneo y observar así su comportamiento.

Javier Sanolmedo, el director del Laboratorio de Instrumentación y Nanomedicina del CTB, explica que:

Aparte de atacar de manera precoz las enfermedades degenerativas, el hecho de controlarlas magnéticamente para poder concentrarlas es el principal objetivo de este trabajo

De esta manera, las aplicaciones biomédicas potenciales del fantoma de sangre en micro y nanopartículas magnéticas favorecerán, entre otras cuestiones, la disposición de fármacos y la detección precoz de enfermedades degenerativas.

Os dejamos un video explicativo del proyecto:

Fuente: cuidadoalzheimer.com

“La investigación es siempre caballo ganador”

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Teresa Gómez Isla

Es delgada, viste gabardina berenjena, pantalón negro, camisa roja, melena lisa oscura con flequillo; es austera, no lleva a la vista aderezo alguno de joyas. Ha llegado de visita desde Estados Unidos para dos días de trabajo y hoy Barcelona le regala un cielo azulísimo y luminoso, ideal para pasear por los jardines del hospital de Sant Pau, que así visto luce cual sanatorio de infecciosos de antaño. Y sí, dice ella. Aire libre y plantas para mejorar la salud en un tiempo en que la salud tenía preocupaciones distintas. Visualizamos el ambiente mientras ella se presta a las fotos con pudor, hasta que un grupo de médicas de nueva generación con bata blanca van hablando entre los setos de la película Crepúsculo y la creciente pasión vampírica última, y nos desencuadran así la escena decimonónica. ¿O la cuadran? Ambas cosas quizá. Así es el mundo de la investigadora y neuróloga Teresa Gómez Isla, dual.


“Si no conseguimos un fármaco que retrase el avance, será catastrófico”

“La demencia es esa sensación de la desaparición de ti, quedándote tú”

Aquí (en España) y allá (en EE UU), pero siempre en contacto y colaboración permanente; con atención simultánea a pacientes y laboratorio; intentando desentrañar esa red interactiva que es el cerebro, en busca de la llave que aclare el misterio de la enfermedad de Alzheimer (EA), la cure o la ralentice; lo que sea que evite ese deterioro cognitivo que amenaza nuestra vejez, ese gran mal que se sabe barre ya el mundo como una suerte de escoba impenitente: un 70% ha crecido en la última década. “Si no conseguimos dar con un fármaco que por lo menos retrase la progresión al menos unos años, sería catastrófico… y una de cada dos personas de 85 años los sufrirá”, dice. Sospecha doble también de la posible causa: dos proteínas (tau y amiloide, que se acumulan fuera y dentro de las neuronas, hasta que estas empiezan a dejar de comunicarse y finalmente mueren) serían hoy el principal enemigo a batir, péptidos cual vampiros, se diría, que se pegan a las neuronas hasta secarlas.

Investigadora de altura nacida en 1965, Gómez Isla anda ocupada en Harvard en ese espacio, digamos, cerebral: neurología eligió desde siempre o al menos desde que trató a los primeros pacientes con demencia y se dijo: “Les han robado todo lo que son”. La curiosidad por el laboratorio le nació en una charla de una investigadora en un curso de la Universidad del País Vasco. “Allí precisamente acudiré este verano a impartir clase y ojalá yo sea capaz de contagiarle a alguien la misma ilusión”.

Se aprecia que no le gusta posar para las fotos, le cuesta, y para relajar, charlamos. Y hablando del valor de lo físico, suelta: “¿Tú no te habrías parado en los 40 años?”. Se ve que ella sí. Luego le preguntaremos. Cuenta que sus hijos (tres, de 9, 10 y 12 años) y su marido, el también neurólogo Óscar Soto, van en el mismo paquete, todos juntos a todas partes, y la ayudan a poner el mundo en contexto: “Debo vivir donde vivan ellos, eso lo tengo claro”. Y después de abrirnos, y mucho, el apetito científico contando, entre otras muchas cosas, que ya se puede “recrear en un plato de cultivo en el laboratorio algo similar a lo que ocurre en un cerebro humano con la EA”, nos tranquiliza ante una duda personal: “Si pierdes memoria por el estrés no significa nada”. Así que, aligerados del peso de la hipocondría, al final concluimos que quizá nosotros tengamos los péptidos bajo control, quizá; pero lo que es seguro es que ella tiene memoria de caballo. Porque se marchó de regreso a Boston y dos días después nos mandó puntualizaciones: se acordaba de cada punto tratado, uno a uno, que fueron muchos y están aquí solo resumidos. Así que en su caso el padecimiento parece descartado o lejano. O ambas cosas.

¿Usted qué hace para prevenir el envejecimiento y sus males como el alzhéimer (EA)? ¡Trabajar para encontrar una cura que sirva a todos! [risas] Bueno, estar activa. No quiero trasmitir falsas esperanzas porque hasta hoy nadie ha demostrado que la EA se pueda prevenir. Procuro poner en práctica consejos que les doy a mis pacientes. Camino, dieta sana, me mantengo intelectual y socialmente activa, y miro a la vida con optimismo.

¿Le asusta pensar que algún día pueda padecer usted la EA? No me lo he planteado. Evidentemente, si llegas a los 85 años… se sabe que la mitad de las personas van a sufrirla. Claro, me puede pasar, la edad es el principal factor de riego… Pero no es algo que me angustie, más bien me estimula para buscar solución.

Su paciente estrella, Pasqual Maragall, le dedicó a usted el Goya por la película sobre su vida de enfermo, ‘Bicicleta, cuchara, manzana’, en la que usted participó. ¿Qué habría sentido si no la hubiera recordado? Nada. Estoy acostumbrada a que mis pacientes no se acuerden ni de la visita anterior. Siempre les digo que me cambié el pelo. Cuento con ello; cuando no ocurre, es un regalo.

El estudio del cerebro, ¿no da un poco de vértigo? Da la sensación de que se sabe tan poco… No, no creo que se sepa poco. Lo que pasa es que hay otros órganos a los que se les ha prestado más atención. Enfermedades como las cardiovasculares o el cáncer han salido mejor paradas; gracias a programas de prevención y detección precoz, ha bajado mucho su mortalidad en la última década. Pero en el caso de la EA ha crecido casi un 70%.

Pero en el territorio neurológico existe mucho el síndrome “Se cree que…”. La incertidumbre… Sí, pero es que en la EA, los factores de riesgo fundamentales son factores en los que no se puede incidir: cumplir años y tener historia familiar… Esto hace que tu riesgo sea mayor. Y luego, en el campo genético, se han empezado a identificar genes que en casos muy raros pueden dar origen a la EA, a veces antes de los 40 años… También se ha identificado un factor de riesgo genético en casos de inicio más tardío que es la variante 4 del gen de la apoliproteína E, y todo ello ha dado pistas que señalan a proteínas implicadas… Identificarlas las convierte en una potencial diana terapéutica para desarrollar fármacos. No tengo la sensación de que se sepa tan poco, piensa que en el caso de la EA pasó inadvertida hasta hace muy poco…

Sí, desde 1906… ¿No será que antes no se diagnosticaba? Sigue habiendo mucha gente sin diagnóstico, ojo. Un porcentaje alto quizá tiene síntomas y no lo sabe. Antes era típico: “Ah, el abuelo no recuerda el nombre del nieto”. Era normal. Ahora se sabe que no. Una persona puede vivir mucho y su cerebro tiene que seguir funcionando perfectamente, ser capaz de tener autonomía salvo que tenga una limitación motora de otro tipo. La EA no es parte del envejecimiento normal. La prueba es que hay gente que llega a los 100 años sin padecerla.

Su línea de investigación ahora es analizar cerebros de gente que tiene lesiones, pero no desarrolla síntomas… Sí, cuando empecé mi tesis, la pregunta era por qué alguna gente padece la EA. Y he querido darle la vuelta. ¿Cómo es posible que algunas personas sean capaces de soportar lesiones y no tener síntomas? Se trata de ver qué pasa en el cerebro de individuos con lesiones típicas de la EA, pero que nunca llegaron a desarrollar una demencia, ver si existen en ellos mecanismos que han permitido que las neuronas sigan vivas y funcionando. Eso puede dar pistas sobre fármacos que puedan imitar lo que ocurre en ellos.

Y para desarrollar esto, usted necesita cerebros de gente que no haya mostrado síntomas. ¿Cómo los consigue? Bueno, la gente es generosa. En EE UU hay una red de centros acreditados en los que se atiende no solo a enfermos, sino también a personas sanas que están dispuestas a donarlos; yo les hice esta propuesta y nos apoyaron, y coordino distintos centros buscando cerebros de estas características, que son pocos. Quiero seguir en España, que otros se sumen.

En 2007 se hablaba de 70 fármacos en prueba y aprobados; hoy solo hay cuatro. ¿Y los demás? Fracasaron. Hoy hay como cien en ensayo. La diferencia es que los que diseñan hoy, y tras haberse conocido la composición bioquímica de las lesiones (que es algo reciente), no son para aliviar síntomas, sino para intentar interferir o detener la progresión de la enfermedad. Evidentemente, es posible que sigan fracasando muchos, pero yo creo que ahora mismo no se están dando palos de ciego. Los fármacos se están dirigiendo contra determinadas proteínas, intentando que no se acumulen, eliminarlas, promover que las neuronas sigan vivas y protegidas, y no solo intentando que no progrese la pérdida de memoria.

Se ha oído citar la palabra vacuna…

Pero se usa de forma incorrecta. Se realizó un primer ensayo hace años… pero se paró; hubo un 6% de casos de encefalitis. Lo que se hace ahora es intentar con un trocito de ese péptido amiloide conseguir que el organismo fabrique anticuerpos para eliminarlo del cerebro. Se está ensayando. Creo que estos resultados son importantes y se sabrán el año próximo, porque desde hace un tiempo la hipótesis más aceptada es que lo que desencadena la enfermedad es el acúmulo de ese péptido… Y si esa ruta no es la acertada… pues hay demasiado invertido ahí.

Supongo que hay muchos intereses en las farmacéuticas, porque la que dé con la medicina milagro… Sí. Pero debemos replantear la manera de hacer los ensayos clínicos en la EA: duran un mínimo de un año o dos, implican una cantidad ingente de dinero y las esperanzas de mucha gente… Y para una compañía, si ese es su fármaco estrella y fracasa, le puede llevar a la ruina. Hay que hacerlos en menos tiempo y coste.

Imagine que tengo síntomas: no recuerdo frases, ni palabras, creo estar enferma… ¿Qué debo hacer? Ir a un especialista que los evalúe; si ve indicaciones de problema cognitivo, te mandará pruebas de sangre, de imagen, evaluación neuropsicológica para medir esos déficits supuestos, y que deben además ser corroborados por alguien que te conozca bien. Y, sobre todo, excluirá que haya causa potencialmente reversible. Por ejemplo, que tu tiroides esté fallando o que tengas déficit de vitamina B12… cosas que se pueden corregir. Sabemos hace ya tiempo que la enfermedad empieza diez o más años antes de que tú tengas el primer olvido.

El objetivo es diagnosticar lo antes posible. Sí, intentar predecir, encontrar lo que se llama biomarcadores, esa sería mi mejor previsión de futuro. Te doy dos ejemplos, que lo son para otros males y que todo el mundo conoce: la glucosa para la diabetes y el colesterol para los vasculares… Para la EA podrían ser patrones de metabolismo cerebral, trazadores capaces de marcar y hacer visibles las placas de la proteína amiloide; mediciones del nivel de amiloide y tau en el líquido encefalorraquídeo… Todos se están intentando validar. Es fundamental.

Al oírla contar esto, se le ve la pasión por su oficio. ¿Cuándo supo que quería ser neuróloga? No fue por nada especial, pero sí recuerdo que los primeros pacientes que vi con demencia me impactaron, fue la sensación esa de la desaparición de ti quedándote tú. Ya lo decía Maragall: “Morirse en vida”.

Es este un sector de la investigación un tanto frustrante. ¿Cómo lo vive usted? Como una bomba de relojería, casi. Yo no sé si alguien se tiene que sentar y planteárselo… porque esto sí que colapsará el sistema sanitario. Convierte a millones de personas en dependientes, y entonces ¿quién las cuida? Por eso hay que curarlo. Yo lo tengo claro: cuando voy a la consulta, pongo mi interés en cuidar, no puedo hacer otra cosa; pero al salir, lo que quiero es curar, es el objetivo. Porque no es lo mismo una persona que se vale por sí misma, llega a los 85 y se muere de infarto, que otra que desde los 60 es dependiente. Con algo que retrasase el inicio de la enfermedad… la prevalencia se reduciría de forma muy significativa, la gente se moriría siendo ellos mismos.

¿Se descartan factores de estilo de vida, lo que comemos, aditivos, plástico…?

Factores ambientales se sospechan. Debe haber. Seguro. Esta no es solo una enfermedad de gente mayor. Hay un 10% de pacientes que tienen los síntomas antes de los 60, y en esos casos puede haber factores genéticos y otros que aún no se han identificado. No hay una causa del alzhéimer… hay múltiples causas. Se estudian los efectos de una dieta sana, o de mantenerse intelectualmente activo, pero piensa la cantidad de gente activa que aun así desarrolla la enfermedad…

¿Cómo hace usted para conciliar? Tiene tres hijos, está aquí y allá… Óscar Soto, mi marido, es la clave. En mi casa, el delantal no tiene talla. Él trabaja en otro hospital. Nos hemos movido mucho, pero siempre juntos. Yo me dedico de aquí para arriba, y él, de aquí para abajo [señala el cuello]. Él, a patologías neuromusculares, y yo, a demencias.

La neurocirujana Rita Levi Montalcini decía que había tratado siempre de conciliar dos aspiraciones irreconciliables: la perfección en la vida o la perfección en el trabajo. Y descubrió el valor de la imperfección en ambas. ¿Qué opción ha elegido usted? Ser imperfecta. Y me ha costado. Ahora me frustro mucho menos. Porque un rasgo de mi carácter es ser competitiva. En mi familia, claro, no hay nada imperfecto, para mí es la felicidad absoluta. Ahora, si dices: “¿Te gustaría tener más tiempo?”. Pues sí. Me he organizado, hago más en menos… Creo que cualquier madre se ha visto en las mismas. Estar pensando en los disfraces de los niños y en el objetivo número tres de la beca que estás pidiendo, y al hacer la cena pensar: “Ay, que me tengo que leer esta tesis…”. Pero he aprendido a ser más benévola. Antes quería que el día tuviera 48 horas y ahora acepto 24.

¿Ser mujer le ha marcado de alguna manera? Yo nunca me he sentido discriminada por serlo. Ni aquí ni en EE UU. Muchas mujeres sí, se quedan por el camino en su carrera. No sé la razón. Pero en el mundo de la investigación hay y ha habido muchas investigadoras; mira Rita Levi, que es además un excepcional ejemplo de persona centenaria con una mente brillante. Pero es verdad que por algún motivo en el mundo por el que he pasado había fundamentalmente hombres… Estoy acostumbrada. Mi marido es la prueba de que la igualdad existe.

¿Hay tan buenos investigadores en España como para exportar tantos? Sí los hay. Buenísimos. Pero no hemos sido capaces de transmitir a la gente de la calle el mensaje de que la investigación es fundamental, de que apostar por ella es apostar a caballo ganador. Aquí esta idea no se tiene clara. En EE UU es distinto. Cuando a un paciente o a su familia les has explicado todo… tú sabes que has conseguido conectar cuando preguntan: “Y yo ¿cómo puedo ayudar?”. Esto ha calado. La gente participa, se siente parte del problema pero también de la solución. Aquí tengo la impresión de que esperamos a que alguien nos solucione esto… Pero, por otro lado, allí los enfermos están más solos. Las familias viven muy separadas. Cuando un día le dices a un paciente: “Mire, que no puede usted seguir conduciendo…”, es una tragedia. En cambio aquí, siempre hay alguien cerca, aunque esto también pasa factura, ahí está la otra parte del sándwich: los cuidadores. La mayoría siguen siendo mujeres. Es tópico lo de cuidar al cuidador, pero sí, para poder cuidar hay que cuidarse. Son personas que se deprimen más, tienen más ingresos hospitalarios, patologías mentales y físicas… El estrés emocional y físico es brutal. Algunos te dicen: “Yo ya me despedí de mi padre hace años”. Y el fallecimiento de esa persona para la mayoría es una liberación. Yo les digo que no deben sentirse culpables por eso. Otra diferencia son los afectos físicos. En EE UU se manifiestan distinto. Yo, cuando acabo la consulta, les doy dos besos, lo típico…

Y claro, eso se ha popularizado y usted tiene la consulta llena. Ja, ja, sí, se sorprenden. Pero lo que les intento decir es: “Estamos en el mismo equipo”. Si en España fuéramos capaces de convencer a la sociedad de que necesitamos investigar para encontrar una solución, que se puede ayudar…

Si alguien quiere ofrecerse voluntario para la investigación, ¿qué debe hacer?

En el Massachusetts General Hospital hay una web del Centro de Investigación de la EA (massadrc@partners.org). Y en el Instituto de Investigación Hospital San Pablo (FfernandezH@santpau.cat) se ha apostado por la investigación. Una de las cosas por las que estoy en Barcelona es por impulsar un programa de intercambio que permita eso que a mí me costó tanto, y conseguí por cabezonería: ser médico e investigar a la vez. Intento abrir camino, contribuir a formar expertos españoles en la EA. Hemos puesto en marcha un programa que conecta cuatro centros, dos en Boston (Massachusetts y MIT) y dos en Barcelona (San Pablo e Instituto Químico de Sarriá), que permite que jóvenes neurólogos e investigadores básicos vayan a formarse a EE UU y luego regresen. Estas dos vías a veces se separan en exceso. O eliges ser médico, o investigador, pero juntas te las tienes que fabricar tú… El sistema no te ayuda.

¿Qué ha supuesto Maragall para usted? Él es uno de esos pacientes que te he descrito antes, que te dice: “¿Cómo puedo ayudar?”. ¿Y cómo puede? Pues como lo ha hecho. Alguna gente dice: “Tiene que enfermarse alguien famoso para que se hable de nosotros”. Bueno sí, así es. Le respeto mucho, ha sido muy valiente y generoso. Habría sido más fácil para él vivirlo en la intimidad… porque no deja de ser una enfermedad con estigma. Y creo que esa es una de sus contribuciones, desestigmatizarla [en el filme se veía cómo ella le prevenía: “A partir de ahora te van a tratar como un enfermo”]. Al hacer público su mal, llevaba un mensaje de esperanza a muchos. Su esposa e hijos se enfrentan a una situación dura, como tantas familias. Y lo cuentan muy bien. La gente que ha ido a verlo se siente identificada, las mismas dudas, preocupaciones… Carles Bosch, el director evitó inspirar compasión, quiso dar información.

¿Cómo es el día a día de la investigadora Gómez Isla? Cada uno distinto, pero siempre empieza saliendo por la puerta a las siete… En general, voy primero al laboratorio. Y allí mi tarea ahora es el diseño de proyectos y la petición de becas para financiarlos, la supervisión. Otros hay sesiones. Y si es un día de clínica, visito pacientes. Entre medias, me acerco a los platos con las células, al microscopio… Si lo echo de menos, voy, y entonces mis estudiantes me dicen: “Largo, largo”. Yo también lo hacía con mis maestros.

¿Qué personas la han marcado en su carrera? Nunca se lo pude agradecer porque murió: el que era tutor de residentes, Julián Tejerina, porque fue una de las poquísimas personas que no pensó que habíamos perdido el juicio al querer irnos tras la residencia. “Nunca vais a volver a tener un trabajo fijo”, nos advertían. Y él: “Seguid, no miréis atrás”. También Justo García de Yébenes. Y otros importantes allí, en EE UU, B. Hyman y J. Growdon. Y conocer a Fisher y Adams. Uf, son autores del tratado que todos los neurólogos estudiamos. Sentarse con ellos fue increíble, y su actitud, una gran lección: la humildad, el respeto, la atención con que escuchaban a alumnos de primero…

Ah, me recuerda eso al discurso de Steve Jobs en Stanford. Sí, es una de las mejores cosas de EE UU. La autoridad se deriva del respeto. La invitación a no seguir el camino trillado, a aprovecharlo todo. Por ejemplo, aquí la gente se jubila y se acabó, y entonces ¿qué? ¿Esperamos 30 años a morir? No, allí se hacen voluntariados, se aprovecha la sabiduría en consejos de expertos. Debería poderse copiar y pegar porque funciona. Se ha creado una cultura que sobrevalora la juventud. Cuando no lo eres, tienes que desaparecer, pero tu cuerpo quiere seguir aquí… Y si las estadísticas se cumplen, en 2030 un 20% de la población tendrá más de 65 años.

Fuente: El Pais Semanal (04/12/11)

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